Era y sé que es, una niña muy clara, tan clara que su luz se dejaba ver entre los días y las horas, las noches con sus estrellas, los cometas con cola recogida que recorrían su cielo en las noches despejadas, que alborotaban su pelo al surcar la ventana entreabierta; y esos suspiros de unos vecinos llenos de primavera y azul que se colaban sin fronteras… .
Y es que esta niña era una estrella, su alma recorría las calles y los bosques más lejanos e inimaginables, se decía de ella que era una mujer muy inquieta y traviesa. Algunas mujeres la miraban con envidia, y es que transmitía tanta fuerza y generosidad, que los mismos dioses se entregaban a su ternura llena de miel y arroz, arroz de hielo y limón entre sus dientes de leche y cacao, bollito relleno y jugoso que morder entre la boca y los sueños, con el despertar embriagado de un viernes de noche y resaca, de niños mutantes nada selios, pero llenos de Celia, la mujer de espejo de caramelo y solano, vértigo desde mi bordillo de arena y sus pies de luna, acostada.
Desde su ratón y su Toledo, caían palabras entre el desierto blanquecino que se pulía con sus suspiros, con esos tonos que despertaban a su teléfono de fruta fresca, y el olor de café recién hecho que llega recorriendo los pasillos.
Sus compañeros la admiraban e interrogaban, le pedían ¿ ? de regaliz, porque sabían que estaba allí aunque no estuviera, y si no estaba podían sentir su calor y energía con esas golosinas que dejaba siempre entre los teclados y los posit, entre las macetas y las lámparas, entre su alma y la de los niños que sonreían al verla… .
Ella era un sueño despierto, un globo aerostático o un sumergible de bolsillo, y los pequeños monstruos la adoraban porque era como ellos, como ella, con su batita blanca y sus zapatos rojos, con sus ojitos que te hiphopnotizaban y te hacían bailar break, o electro, o una danza búlgara; ella era un todo en su cielo, un lago que cambiaba de color con el día, con la noche… .
En una ocasión muy clara, un chico se quedo prendado de ella con su magnetismo, y se imantó a sus mejillas, le mandó besos en parapente y aceituna, porque sus ojos eran un sabor único que disfrutar. Salieron a beber del agua de las cataratas uno frente al otro, un día la cruzaron lentamente hasta encontrarse mojados y encendidos. Era una tarde clara y calurosa, una tarde temprana de abril y añil, de amor y polen que volaba sobre nuestras cabezas…
Y es que esta niña era una estrella, su alma recorría las calles y los bosques más lejanos e inimaginables, se decía de ella que era una mujer muy inquieta y traviesa. Algunas mujeres la miraban con envidia, y es que transmitía tanta fuerza y generosidad, que los mismos dioses se entregaban a su ternura llena de miel y arroz, arroz de hielo y limón entre sus dientes de leche y cacao, bollito relleno y jugoso que morder entre la boca y los sueños, con el despertar embriagado de un viernes de noche y resaca, de niños mutantes nada selios, pero llenos de Celia, la mujer de espejo de caramelo y solano, vértigo desde mi bordillo de arena y sus pies de luna, acostada.
Desde su ratón y su Toledo, caían palabras entre el desierto blanquecino que se pulía con sus suspiros, con esos tonos que despertaban a su teléfono de fruta fresca, y el olor de café recién hecho que llega recorriendo los pasillos.
Sus compañeros la admiraban e interrogaban, le pedían ¿ ? de regaliz, porque sabían que estaba allí aunque no estuviera, y si no estaba podían sentir su calor y energía con esas golosinas que dejaba siempre entre los teclados y los posit, entre las macetas y las lámparas, entre su alma y la de los niños que sonreían al verla… .
Ella era un sueño despierto, un globo aerostático o un sumergible de bolsillo, y los pequeños monstruos la adoraban porque era como ellos, como ella, con su batita blanca y sus zapatos rojos, con sus ojitos que te hiphopnotizaban y te hacían bailar break, o electro, o una danza búlgara; ella era un todo en su cielo, un lago que cambiaba de color con el día, con la noche… .
En una ocasión muy clara, un chico se quedo prendado de ella con su magnetismo, y se imantó a sus mejillas, le mandó besos en parapente y aceituna, porque sus ojos eran un sabor único que disfrutar. Salieron a beber del agua de las cataratas uno frente al otro, un día la cruzaron lentamente hasta encontrarse mojados y encendidos. Era una tarde clara y calurosa, una tarde temprana de abril y añil, de amor y polen que volaba sobre nuestras cabezas…
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